¿Qué hemos conseguido en dos años?

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Pronto serán dos años oficiales de pandemia en México. Dos años del fatídico pero en aquel momento inevitable cierre de los planteles escolares. Unas cuantas semanas después de esa sacudida, algunas personas empezamos a sugerir que estábamos ante una coyuntura que, en medio del dolor y la confusión, nos invitaba a revisar el sentido de las escuelas con una mirada renovada. Una mirada críticamente esperanzada, usando el término que solía usar Paulo Freire. 

Desde ese marco, hoy hace un año conduje la primera de una serie de cuatro conversaciones en las que proponíamos mirar nuestra crisis más allá de la pandemia. Mi invitado en ese encuentro fue Xavier Aragay, fundador y presidente de Reimagine Education, equipo con sede en Barcelona. El diálogo que sostuvimos acompañados en forma remota por medio centenar de directivos de escuelas, giró en torno a un eje claro: si bien era necesario atender lo contingente, veíamos que resultaba fundamental pensar en lo que vendría después, pensar en la oportunidad que nos brindaba la crisis para revisar y transformar algunos de nuestros marcos mentales

En estos días he repasado el contenido de aquella charla, reseñada en mi blog y disponible en mi canal de YouTube. “La niebla del coronavirus nos está tapando el darnos cuenta que estamos entrando en una década que va a significar para la educación una década prodigiosa”, decía Xavier. Y agregaba que nos encontrábamos ante un momento de “tormenta perfecta” que debíamos comprender y aprovechar. Frente a oportunidades y desafíos que antes de la emergencia no eran tan claras, cabía preguntarse: ¿qué tipo de educación queremos anticipar? Xavier fue contundente: “Si no lo empezamos a anticipar ahora, no lograremos hacer algo distinto”. Y agregaba una pregunta que hoy veo todavía más urgente y preocupante que entonces: “¿Vamos a cambiar porque fuerzas exógenas nos van a obligar a ello o vamos a liderar nosotros el cambio?”

A un año de aquel encuentro me cuestiono: ¿qué ha ocurrido desde entonces? 

Un gran número de equipos e instituciones se han aferrado a lo inmediato. En algunos casos se mantienen en la idea de que esto terminará algún día y ya habrá entonces tiempo para pensar en el futuro. “Es verdad que se necesita transformar, pero ahora no es el momento, debemos atender lo urgente”, me han dicho personas al frente de escuelas o con liderazgos en el sector educativo: “Una vez que superemos la pandemia podremos impulsar los cambios que sean necesarios”.

Algunas escuelas han optado por aceptar el desafío tecnológico dejando de lado la centralidad que deben tener el desarrollo y aprendizaje del alumnado. Se sigue confundiendo innovación tecnológica con transformación educativa. Numerosas escuelas invirtieron fuertes cantidades en tecnologías que en nada contribuyeron a mejorar el acompañamiento hacia sus estudiantes. Otras siguen orgullosas de haber dado pasos firmes en la introducción de dispositivos tiempo antes de la pandemia y están convencidas de haber acertado al elevar la plataformización de sus modelos educativos, asunto que ya he cuestionado aquí hace unos meses. Al margen de las novedades digitales, ¿estas escuelas están satisfechas con el impacto que su propuesta está generando en su alumnado a largo plazo? ¿O están siendo excesivamente complacientes? 

Afortunadamente también he conocido casos de equipos directivos y docentes que desde una mirada crítica se plantearon la posibilidad de impulsar cambios de fondo, aunque es verdad que no todos esos esfuerzos han sido exitosos. A algunos la inercia les ha jugado en contra y han vuelto rápidamente a territorios más conocidos sacrificando sus esperanzas de cambio; otros se han precipitado en las ganas de cambiar sin articular previamente un relato claro para sus comunidades y hoy se cuestionan si merece la pena cambiar; unos más se han planteado sueños ambiciosos pero les ha costado trabajo comprender la importancia de comprender su presente.

El cambio, ya lo decía Xavier en la charla de hace un año, requiere metodología. La transformación auténtica necesita apoyarse en un proceso: el sueño es vital pero no suficiente. Hace falta detenerse, hacer una pausa en medio de la vorágine para formular una visión clara que nos ayude a repensar nuestra institución y a diseñar las rutas que nos permitan transformarla. El proceso demanda esfuerzo y los resultados no se consiguen de inmediato pero, si no empezamos ahora, ¿cuándo? ¿Dejaremos pasar otro año, para esperar a que las cosas mejoren? ¿Nos seguiremos concentrando en lo contingente confiando en que algún día se nos darán las condiciones ideales?

Hay diferentes caminos para repensar nuestras escuelas y universidades. Diversos contextos, distintos puntos de partida. Pero probablemente todas las rutas tienen un punto de referencia común: preguntarnos si lo que estamos haciendo es realmente pertinente para fortalecer el desarrollo y el aprendizaje de nuestro alumnado de cara al futuro

Sobre algunos de esos caminos y propuestas, sumando elementos para respondernos esta pregunta clave, estaré escribiendo aquí en las próximas semanas. Mientras tanto, te invito a sumar compartiendo también tus experiencias y reflexiones. Me dará mucho gusto leerte y enriquecer nuestras miradas.


Bonus. También en febrero del año pasado participé en un encuentro entre 20 directivos de escuelas en 6 países, en el marco de los Círculos RIEDUSIS organizados por Reimagine Education. En el blog de Xavier encontrarás una breve reseña de ese encuentro; al final aparece la liga al video de 2 minutos que te dejo aquí como bonus, donde podrás escuchar un mensaje que hoy conserva innegable vigencia.  

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