Una oportunidad, ¿perdida?

“El problema no es cómo meter nuevos aparatos en la escuela. Yo les aseguro que si no cambia el modo de relación de la escuela con la sociedad, todo aparatito que se meta viene a reforzar el carácter lineal, secuencial y vertical de la escuela.”

Jesús Martín-Barbero (1937-2021) en 1999

Desde que la emergencia sanitaria obligó al cierre de escuelas en casi todo el planeta, en los primeros meses de 2020, empezó a hablarse de la oportunidad que teníamos en el mundo educativo para repensar nuestra labor y aprovechar la crisis como plataforma para renovarnos. Quienes me conocen bien saben que nunca fui muy optimista al respecto: me gusta pensar que ciertamente la crisis abrió una oportunidad pero, al mismo tiempo, no puedo negar que el tiempo me ha ido confirmando que muy pocas personas han estado realmente dispuestas a aprovecharla

A pocos días de aquel cierre compartí con mi comunidad educativa algunas reflexiones sobre lo que visualizaba hacia los meses siguientes. Era muy pronto para muchas cosas pero algo me parecía relativamente claro: frente a esta crisis global en la educación vislumbraba tres posibles caminos. El primero, apostar por seguir como hasta entonces, aferrarnos a lo que teníamos y esperar a que pasara la crisis para volver a las prácticas habituales, quizá aderezadas con un poco más de tecnología, pero no mucho más. El segundo, decantarnos por un sistema obsesionado por lo digital, encandilado por el aprendizaje a través de tecnologías sin comprender del todo las consecuencias de ese entusiasmo. El tercero, el más complejo y el que me parecía más poderoso, detenernos a reflexionar para repensar de raíz las estructuras y la lógica de la escuela como la habíamos conocido hasta entonces, mucho más allá del uso de aplicaciones y plataformas digitales. 

¿Qué ha pasado desde entonces? No son pocos los que se han atrincherado en la primera salida: esperar. La mayoría, no tengo duda, se ha volcado sobre las plataformas y herramientas digitales. Pocos, muy pocos, se han detenido a reflexionar a fondo sobre lo que estamos viviendo y los efectos que esto tendrá en el corto, mediano y largo plazo para la educación. Mi percepción a quince meses del cierre de las escuelas en México ―hoy tímidamente en proceso gradual de reapertura en algunas entidades― es que lejos de aprovechar esta crisis para acelerar la transformación que necesitábamos, la pandemia ha profundizado y precipitado una crisis que veníamos arrastrando en torno al sentido de la escuela

Tengo claro que mi afirmación contradice el discurso de muchos entusiastas de la tecnología educativa, quienes afirman que en un año hemos adelantado años en lo que respecta a alfabetización digital de nuestras comunidades educativas. Intentan tapar el sol con un dedo, me parece, sea porque tienen claros intereses en la industria digital o por una ingenua ignorancia producto del encandilamiento que producen los nuevos juguetes que han introducido a las aulas virtuales ―claro, aquellos que han podido―. 

En efecto, el avance en la incorporación de tecnologías de información y comunicación para el aprendizaje ha sido innegable, aunque evidentemente desigual. El problema es que, tanto en una comunidad con poca conectividad que hace enormes esfuerzos para explotar como puede los dispositivos con los que cuenta, como en una escuela que atiende a familias que gozan del privilegio de una buena conexión y suficientes espacios y medios para conectar a varios integrantes de la familia a la vez, nos han vendido una digitalización que no resuelve la verdadera crisis que enfrentaba la escuela antes de la pandemia.

¿Qué estaba mal antes de 2020? ¿El problema era la falta de uso de aplicaciones y dispositivos digitales en las prácticas escolares? ¿Nuestra mayor tragedia educativa era que no se utilizaba suficiente tecnología en las aulas? No. La crisis de nuestro sistema estaba en la falta de sentido que tenía para muchas personas y en una mirada centrada en los contenidos curriculares como eje vertebrador, pasando por alto la centralidad de las personas y, especialmente, de las y los estudiantes. Nuestro desafío era cambiar de una mirada mecanicista centrada en planes y programas, a una mirada que colocara en el centro a las personas y apostar por un desarrollo humano integral. Usando la tecnología, sí, pero al servicio de un proyecto educativo con profundo sentido humano.

El problema ha sido que la emergencia abrió tal cantidad de necesidades que nos hizo ver a las tecnologías digitales como la tabla de salvación. He escuchado a muchas personas que ya tenían incorporados dispositivos y plataformas en su ecosistema escolar, afirmar que para ellos no fue difícil enfrentar la crisis porque estaban preparados. Ciertamente a estos colectivos les resultó más sencillo enfrentar los problemas directamente derivados del cierre de sus aulas físicas, pero el cambio de medio no iba a conducir directamente al cambio de mirada que necesitábamos. A quienes no estaban habituados al uso de estos recursos, se les vendió la idea de la tecnología como la salida inevitable, la salida que además les permitiría transformar a sus instituciones para ser “verdaderas escuelas del siglo xxi”. Ciertamente no hubiera sido posible resolver muchas cosas sin las tecnologías digitales y la comunicación a distancia, pero si no construimos una propuesta de salvación desde la pedagogía, estaremos teniendo un enorme y costoso retroceso

Los medios no determinan, quizá, pero las mediaciones sí favorecen o no ciertos tipos de relación, ciertas formas de interacción y comunicación. Las plataformas de videoconferencia para permitir el intercambio sincrónico entre docentes y estudiantes a distancia, se convirtieron en uno de los recursos de mayor demanda a partir de la suspensión de clases presenciales. Paradójicamente, pronto fue evidente que las prácticas más fáciles de migrar de las aulas a estas plataformas eran las prácticas centradas en el docente y en la transmisión de contenidos; las prácticas dialógicas y de construcción social del aprendizaje enfrentaban retos mucho mayores. El poco conocimiento de las familias (y de un amplio porcentaje de docentes, tristemente) sobre la forma en que las personas aprendemos, creó la falsa idea de que era necesario tener al profesorado impartiendo clases expositivas toda la jornada escolar. La caja negra que han sido las escuelas para millones de familias, quedaba expuesta con todos sus aciertos y todos sus problemas. Muchas familias juzgaban a sus escuelas con la mirada de “cuando yo iba a la escuela” y otras tantas, con mirada más crítica muchas veces pero pocas veces constructiva, se dedicaban a observar por primera vez aquello que había permanecido oculto a sus miradas por muchos años. 

¿Cuál es el balance a más de un año de distancia? Claramente no es el mismo en todos los niveles educativos ni en todos los contextos. Pero sí es posible identificar algunos ganadores. El triunfo de la plataformización de la experiencia escolar, apoyada en el canto de las sirenas tecnológicas, es incuestionable. Al potencial de las videoconferencias para simular que estamos conectados, se suman la promesa de los algoritmos y inteligencia artificial para impulsar el aprendizaje adaptativo, las editoriales convertidas en gestoras de contenidos y propuestas “motivadoras” que le “quitan trabajo” al docente ofreciéndole el rol de gestor de plataformas, un sinnúmero de aplicaciones listas para crear o reciclar rutas de aprendizaje a partir de “divertidas” experiencias gamificadas… por citar algunos de los éxitos más sonados de la digitalización educativa. 

Mucho de esto puede ser útil hasta cierto punto… pero sin una mirada crítica que interrogue sobre las formas de aprendizaje y el tipo de desarrollo que favorecen o que limitan estos medios, esta “revolución educativa” sigue una ruta peligrosa. Después de décadas de intentos por generar aprendizajes críticos, con una mirada constructivista y sociocultural, estamos frente a un giro que se resiste a colocar al alumnado en el centro. En muchos casos, se reafirma el protagonismo del docente como centro del proceso de enseñanza y aprendizaje, a veces en un rol de lector de contenidos y muchas otras como “entretenedor” o cuidador virtual de estudiantes. En otros casos, se fortalece la centralidad del contenido curricular, con el docente como administrador o supervisor de rutas automatizadas a través de la gestión de métricas. En los casos más “innovadores”, el nuevo eje del proceso no es ni el estudiante ni el docente, sino la tecnología misma: las decisiones se toman con la mirada centrada en ellas. 

En los tres casos que refiero se privilegia un edulcorado enfoque conductista basado en la recompensa del entretenimiento como principal mecanismo de reforzamiento. La consigna es diseñar experiencias donde la motivación se detona a partir de la obsesión por conseguir insignias o a través de la satisfacción que puede dar el entretenimiento; no es que las nuevas tecnologías nieguen otras posibilidades, pero ciertamente favorecen estas y evitan al docente la desafiante tarea de diseñar experiencias  orientadas a despertar y aprovechar el asombro, cultivar la magia del descubrimiento a través del esfuerzo, el cuestionamiento crítico capaz de hacer que la injusticia o la desigualdad nos interpelen y nos animen a profundizar en nuevos conocimientos para cambiar el mundo.

Después de más de un año de enseñanza remota de emergencia, el capítulo más reciente en esta historia de tensiones entre tecnología y pedagogía se da ahora en la exploración del territorio de la semipresencialidad. Las escuelas en México se preparan para una reapertura gradual con escasos lineamientos oficiales, en los cuales las autoridades educativas hablan de un modelo “híbrido” o semipresencial, en tanto las escuelas en general no estarán en posibilidades de recibir al 100% de sus estudiantes de forma simultánea. 

Los cazadores tecnológicos han vuelto a adelantarse, muchos de ellos ofreciendo como eje un modelo de concurrencia entre lo presencial y lo remoto: estudiantes que siguen simultáneamente la misma clase, desde su casa o en el aula. Si bien esta modalidad de “aula híbrida” es una de las muchas posibilidades que existen para la semipresencialidad, está lejos de ser la más conveniente desde una perspectiva pedagógica y centrada en el aprendizaje y el desarrollo de los estudiantes. Sin embargo, como ocurrió con la solución de las videoconferencias, a muchas personas se les antoja la solución óptima para mantener vivo el simulacro de aprendizaje que ofrece la clase expositiva, esa en que el docente combina un rol de transmisor y vigilante que mantiene tranquilas a muchas familias. Un modelo que ha demostrado su fracaso en casi cualquier lugar donde se ha puesto en práctica ―sobre todo hablando de educación básica y media― pero que resulta cómodo para docentes y directivos que se evitan el desgaste de explicar a sus comunidades cómo se aprende y cuáles son las bondades del trabajo autónomo ―graduado pedagógicamente en cada etapa formativa―. 

(En este punto es conveniente un paréntesis para subrayar otra de mis convicciones: ninguna experiencia a distancia será capaz de suplir plenamente la experiencia presencial de la escuela. La presencialidad sigue y seguirá siendo clave para una experiencia formativa integral ―especialmente relevante cuando hablamos de los primeros años de escolarización―. Ciertamente es factible mantener vivos muchos elementos de la escuela en forma remota y sin duda la experiencia presencial puede enriquecerse con las herramientas digitales en muchas maneras, pero pensar que todo lo presencial del aprendizaje puede exportarse sin costos o déficits al terreno digital, solo es posible desde la ignorancia pedagógica o el encantamiento ingenuo que produce la incomprensión de la mediación tecnológica.)

La crisis sanitaria abrió sin duda una oportunidad dorada para la renovación educativapero es una oportunidad que muchos están dejando ir, entregando la plaza a los grandes productores de plataformas y medios digitales. Frente al paradigma centrado en el docente y el plan de estudios, ilustrado por estudiantes aburridos, consumidores pasivos y hastiados de contenidos carentes de sentido, parece que hemos optado ahora por un paradigma centrado en la interfaz tecnológica. La nueva postal, que entusiasma a muchos, nos muestra estudiantes “enganchados”, consumidores alegres, interactivos… que tampoco aprenden pero se la pasan bien. 

A estas alturas espero que mi postura sea clara: no sugiero cerrar de tajo las puertas al uso de la tecnología en la educación; planteo, sí, la urgencia de incorporarlas repensando su sentido, con intención y mirada crítica, desde el cuestionamiento, con una reflexión profunda sobre sus alcances y posibilidades

Repensar la escuela es repensar el sentido de la presencialidad. Profundizar en la idea de la escuela como un lugar de encuentro y cuestionamiento; pensar la escuela como plataforma para crear experiencias que nos interpelan, que nos afectan y nos obligan a pensar el mundo de otra manera. Un lugar donde se incorporan las tecnologías preguntándose siempre: ¿para qué?

La oportunidad dorada no se ha perdido. La transformación educativa está en marcha, no tengo duda, pero es necesario pensar si se está dando en la dirección más conveniente. Estamos en un momento clave para decidir si queremos liderar esa transformación o simplemente dejar que nos conduzca el algoritmo.


Para animar la reflexión, el diálogo y la acción…

Hablando de repensar el papel de la tecnología digital en la escuela, recomiendo el texto “La educación digital en tiempos de pandemia“, escrito recientemente por Jordi Jubany.

Sobre el sentido de la escuela, en el blog de Carlos Magro es posible encontrar valiosas invitaciones para la reflexión a través de textos escritos casi coralmente, articulando un diálogo plural y crítico que anima a la construcción de una escuela relevante, con sentido para nuestras estudiantes. Por citar un par de ejemplo, propongo leer “Lo que hace la escuela” y “La escuela de la pregunta”.

Pensando en la importancia de liderar la transformación, considero muy valiosa una serie de artículos que está publicando Xavier Aragay en su blog, en torno a un claro llamado: El futuro de la educación es ahora. En estos textos, Xavier aborda la importancia de identificar los impulsores adecuados para la transformación y la necesidad de aprender del pasado para anticipar posibles salidas que nos abre la pandemia.

Acerca de la oportunidad de repensar la presencialidad, invito a escuchar las conversaciones que he sostenido en meses recientes con especialistas que nos ayudan a reflexionar sobre aspectos que vale la pena considerar en nuestros procesos de reformulación. La conversación con Xavier Aragay plantea un marco general para esa invitación de reimaginar la escuela. En la charla con Mónica Velasco reflexionamos sobre el papel de las comunidades de diálogo como vía para el desarrollo de un pensamiento de orden superior en la escuela. Durante el encuentro con Adriana Grimaldo exploramos el papel de la imaginación y las herramientas cognitivas que podemos potenciar tanto en entornos presenciales como a distancia. En el diálogo con Imma Marín nos detuvimos a pensar en la importancia del juego y la actitud lúdica en el desarrollo de las personas y, por tanto, como un elemento a cultivar desde la escuela. 

Sirva este texto como personal homenaje en recuerdo de Jesús Martín-Barbero, tras su reciente partida.

4 comentarios sobre “Una oportunidad, ¿perdida?

  1. Permitir que nos conduzca el algoritmo es igual a soltar la vocación de formar bajo las bases de la psicomotricidad; este término que envuelve sensorialidad, arte, creatividad, emoción, socialización, lenguaje, aprendizaje, pensamiento y más. Considero que es una de las áreas fundamentales para el desarrollo integral de una persona, pues su labor se ubica en la etapa infantil.
    Por otro lado, las herramientas digitales son la “innovación” en términos generales; sin embargo, introducirlas en edades tempranas es errado, debido a la ausencia de interacción física y al sobre-estímulo visual, entre otras cosas.
    Al final, la educación debe enmarcarse bajo el concepto de INTEGRAL, ya que no únicamente se involucra la tecnología o la psicomotricidad como ya lo mencioné, es más bien un panorama horizontal donde hay cabida para mucho más que solo algoritmos.
    En fin, esto da para una charla de más de dos párrafos…
    Gracias por el espacio 🙂

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  2. Permitir que nos conduzca el algoritmo es igual a soltar la vocación de formar bajo las bases de la psicomotricidad; este término que envuelve sensorialidad, arte, creatividad, emoción, socialización, lenguaje, aprendizaje, pensamiento y más. Considero que es una de las áreas fundamentales para el desarrollo integral de una persona, pues su labor se ubica en la etapa infantil.
    Por otro lado, las herramientas digitales son la “innovación” en términos generales; sin embargo, introducirlas en edades tempranas es errado, debido a la ausencia de interacción física y al sobre-estímulo visual, entre otras cosas.
    Al final, la educación debe enmarcarse bajo el concepto de INTEGRAL, ya que no únicamente se involucra la tecnología o la psicomotricidad como ya lo mencioné, es más bien un panorama horizontal donde hay cabida para mucho más que solo algoritmos.
    En fin, esto da para una charla de más de dos párrafos…
    Gracias por el espacio 🙂

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