¿Cuándo y cómo volver a las escuelas?

Vale la pena empezar con dos advertencias. Primera: no tengo la respuesta a semejante pregunta; la planteo buscando abonar reflexiones o elementos para construir una respuesta adecuada para cada contexto. Segunda: escribo estas líneas en torno al contexto de mi país, México; lo advierto para mis lectores de otros territorios, algunos viviendo momentos similares y otros enfrentando ya desde hace tiempo nuevos desafíos.

Rascando un poco entre bits encuentro que el 20 de agosto de 2020, ante el arranque del ciclo escolar a distancia en México con una estrategia nacional centrada en la televisión, publiqué un primer tuit sobre la necesidad de anticipar escenarios y empezar a hacer planes para el regreso presencial cuando este fuera posible, pensando en evitar decisiones precipitadas y sin consensos. 

Desde aquellos días propuse a diversas autoridades de mi ciudad y mi entidad que impulsáramos espacios de reflexión sobre el asunto. Encontré generalmente negativas por considerar que mi interés era precipitado y solo iba a generar “ruido”; en el mejor de los casos me daban largas: “sí, suena bien, pero espera un poco”. Así transcurrieron meses. No me di por vencido pero reconozco que por diversas razones mi voz fue perdiendo peso y me convertí en parte de un pequeño coro desordenado de gente inquieta pero poco articulada. Mientras tanto, la postura general en las autoridades federales y estatales fue clara: no es momento. 

Entre febrero y marzo salieron a la luz algunos movimientos impulsando la idea de regresar a las aulas; los términos del llamado no fueron bien recibidos por parte de la sociedad que todavía enfrentaba temores y dudas sobre la situación sanitaria en el país. El tono de algunas de esas voces provocó polarizaciones al respecto y el tema se complicó enormemente; las motivaciones de ciertos grupos de escuelas privadas a nivel nacional y la entrada en el escenario del sector empresarial supuestamente preocupado por la educación, contaminaron la discusión. No ayudaron tampoco el silencio de la autoridad federal y la tibieza de las autoridades educativas de muchos estados de la república. Se pedía esperar a que se dieran las condiciones, como si estas fueran a gestarse por inercia o a través de alguna magia. No tiene caso reseñar aquí todo lo ocurrido desde finales de abril y a lo largo de mayo: basta decir que de pronto la reapertura de escuelas se volvió prioridad en muchos discursos pero quedó expuesto lo que para muchas personas era obvio: más de un año de cierre no fue aprovechado para gestar estrategias y planes de reinicio adecuados para un país de la diversidad que tiene el nuestro

Dolorosamente, tardamos tanto en llevar la conversación sobre el tema a la arena pública, que todo se nos vino de golpe. Aun hoy que la emergencia sanitaria parece controlada en buena parte del territorio nacional, es imposible hablar de un mismo nivel en las condiciones que existen para un regreso presencial a las aulas. La falta de referentes jurídicos claros abre muchas posibilidades y favorece que algunos sectores privilegiados retomen cierto grado de presencialidad, pero el país en su conjunto permanece atrapado en la indefinición. No todos se atreven a aprovechar el espacio de autonomía que abre la ambigüedad de las autoridades, en buena medida porque un regreso en este momento resulta precipitado para quienes confiaban en que esa autoridad (o alguna otra) emitiría algún referente para tener un regreso ordenado.

Hoy se organizan por doquier webinars, páneles y conversatorios para advertir de los retos y las pérdidas que hemos vivido en el sistema educativo. Algunos destacan las innegables pérdidas y rezagos que estamos enfrentando y otros celebran supuestos logros señalando el esfuerzo que han realizado millones de docentes, estudiantes y familias. Es duro decirlo, pero esfuerzo no es sinónimo de logro. El esfuerzo es digno de reconocerse, pero celebrarlo como si fuera logro es alimentar un discurso ingenuo que romantiza la labor de familias, estudiantes y docentes que han actuado con lo que han podido, muchas veces sin acompañamiento y respaldo por parte del sistema. (Recientemente en un encuentro en el que participamos ciudadanos con autoridades municipales y estatales de mi localidad, una persona puso sobre la mesa el problema de los rezagos y fue acusada de faltar el respeto a los docentes que han puesto tanto empeño en mantener vivo el aprendizaje.)

La luz verde federal para regresar a las aulas encuentra a una sociedad dividida, polarizada en esto como en tantas otras cosas. Muchas voces sensatas dicen “Sí, pero no así”. A quienes gozan de más privilegios les cuesta entenderlo e insisten que “sí se puede” y tratan de infundir “ánimo” en los que se oponen. A veces se nos olvida que nuestra realidad no representa la de muchos otros. Si tú que me lees tiene hijos en una escuela privada de educación básica, eres parte de una minoría de la población del país (una minoría que también es diversa, porque aunque no lo creas la diferencia entre colegiaturas puede ser abismal). Si en tu casa hay dispositivos y conexión a internet suficientes para una interacción sincrónica con la escuela, si tus hijos pueden mantenerse en casa estudiando en un espacio relativamente adecuado, si tienes auto particular para llevar a tus hijos a la escuela… gozas de privilegios que no están al alcance de millones de familias. Si me lees desde una ciudad, un entorno urbano, tu experiencia y tu relación con la pandemia es seguramente muy distinta a la que se experimenta en comunidades rurales. En pocas palabras, tu caso no es igual al de millones de familias en el país. (Para ilustrar esto un poco más, recomiendo la lectura del artículo “Educación pública: pequeñas historias, grandes problemas” de Alma Maldonado, en la revista Nexos que este mes dedica su edición al tema de la vuelta a las aulas.)

Quizá una mirada a la complejidad del sistema nos ayude a entender que la ruta para el retorno no puede ser igual para todos y que no puede resolverse en quince días los que no se anticipó y planificó durante un año. La precipitada “estrategia” nacional ha optado por delegar las decisiones más complicadas a cada comunidad escolar. Yo no soy quién para decir cuándo ha de volverse a las aulas en cada escuela. En redes sociales, en conversaciones habituales, en espacios de reflexión, en medios de comunicación… se debate si existen o no las condiciones para volver a las aulas. ¿Qué condiciones? Propongo observar cinco ámbitos: jurídico, sanitario, de infraestructura, pedagógico y entorno social. En términos jurídicos, aunque con peligrosas ambigüedades, aparentemente las condiciones existen ya. En cuanto a la emergencia sanitaria, los indicadores y los avances recientes en la vacunación parecen también ser favorables (recordemos un dato: México es de los países con el mayor número de semanas con escuelas cerradas en todo el mundo y hasta donde entiendo es el único que ha vacunado a su personal educativo antes de la reapertura). 

Los problemas aparecen claramente en los tres aspectos restantes. Hablando de infraestructura, la desigualdad es arrolladora y la afectación de muchas escuelas públicas es de terror. En términos pedagógicos, la falta de una orientación clara tiene confundidos a millones de docentes que se siguen preparando como pueden, muchas veces con sus recursos y de vez en cuando con las píldoras que les dan sus autoridades a través de videoconferencias interesantes pero poco articuladas. Y con respecto al entorno social, las fracturas son evidentes, muchas de ellas alimentadas por la ya referida polarización, la desinformación de muchos medios informativos, la ignorancia que persiste en torno a la evolución de la pandemia y el poco valor que parece se otorga a la educación en muchos sectores de nuestra población. (Al respecto de este punto, recomiendo ampliamente el texto “¿Por qué no abrimos las escuelas?” de Rafael de Hoyos, publicado también este mes en la revista Nexos.)

Volviendo entonces a la pregunta: ¿cuándo volver? Escucho la pregunta con frecuencia en conversaciones con colegas directivos y docentes de escuelas ubicadas en diferentes ciudades del país. Las orientaciones propuestas por la Secretaría de Educación Pública plantean que son los Consejos Técnicos quienes han de valorar y decidir en comunicación con su comunidad educativa. Mientras escribo, ya muchas escuelas han definido su ruta; el resto tendrá que hacerlo tarde o temprano. Frente a la diversidad de contextos y con tan pocos criterios de referencia por parte de las autoridades, yo he insistido en una cosa con quienes me preguntan sobre el tema: sea en junio, en agosto o en 2022, es fundamental que además de protocolo sanitario, se trabaje a fondo un plan de atención y acompañamiento integral para los estudiantes. Quizá suene obvio, pero viendo que de pronto a tantos les entra la prisa, también me parece importante pedir que en ambas cosas -lo sanitario y lo pedagógico- se trabaje en serio y no se haga como sucede muchas veces con los planes de protección civil y otros casos, donde solamente se hace copy-paste y se llenan formatos por llenar. Si todo ello se hace a conciencia, cada escuela, cada comunidad, sabrán reconocer el mejor momento para comenzar un regreso gradual y ordenado a las aulas.

Y, ¿cómo volver? ¿Qué considerar en ese plan de intervención y acompañamiento? ¿Cómo diseñar una estrategia de recuperación gradual y de reconexión? No solo eso: ¿cómo incorporar los aprendizajes de este año y meses lejos de las aulas? ¿Cómo poner en marcha una estrategia semipresencial adecuada a nuestros contextos y cómo explicarla a las familias para contar con su respaldo en esta nueva etapa? ¿Cómo aprovechar el momento de oportunidad para repensar el valor de la presencialidad en la escuela? Sobre esto me propongo escribir aquí algunas líneas la próxima semana.

P.D. Originalmente titulé este texto ¿Cómo y cuándo volver a las aulas? Pero minutos después de lanzarlo a la blogósfera, me di cuenta que la misma pregunta había sido usada por Rafael Bojalil para publicar su colaboración para el número especial de Nexos que he citado líneas arriba. Invito a la lectura del texto de Bojalil disponible en este enlace, mientras ajusto y sustituyo en mi encabezado aulas por escuelas; es una sutileza y carece de importancia, pero a veces ganan nuestras manías.

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