Más allá del evidente impacto en el corazón de la actividad educativa ―orientada al aprendizaje y el desarrollo de las personas―, el más reciente episodio de enredos desatado desde la Secretaría de Educación Pública en México tiene ya graves consecuencias. Hay daños que ya se han producido y que serán cada día más difíciles de reparar, incluso si de pronto la autoridad educativa reculara por completo y alegara que todo sigue igual (lo cual es poco probable, admitamos).
Escribo esto un poco para liberar mi memoria de trabajo, un poco para exorcizar la ansiedad que me produce leer y escuchar tantos comentarios alrededor de las modificaciones al calendario escolar que se debaten en estas horas y cuya formulación final está todavía pendiente. Pero escribo también con ganas de establecer alguna forma de diálogo razonable que nos ayude a entender mejor lo que pasa y por qué nos pasa lo que nos pasa. Me gustaría pensar que este ejercicio puede arrojar luz sobre aspectos que seguramente más gente alcanza a ver pero que se pierden en la vorágine en que nos enredan los mensajes instantáneos, la fragmentación informativa en medios digitales y la polarización que alimentan nuestros sesgos montados en algoritmos.
¿Por qué cuando se trata de educación tanta gente descalifica o juzga con tremenda facilidad lo que hacemos y dejamos de hacer? En mucho de lo que he leído y escuchado ―tanto a favor como en contra de modificar un calendario― se percibe un doloroso menosprecio hacia la labor educativa. Quizás sea cuestión de personalidad, pero yo difícilmente le discutiría sus diagnósticos y tratamientos a mi médico de cabecera o a las especialistas que me atienden regularmente en temas de salud. Naturalmente les formulo preguntas cuando quiero entender mejor algo o cuando hay cosas que me cuesta asumir; pero entiendo que son ellas las personas en quienes confío mi salud y que mi ignorancia al respecto es inmensa. Esta misma experiencia, elevada al cubo, la vivo cuando el mecánico que repara mi automóvil me entrega el informe de su revisión con un listado de piezas cuyos nombres están fuera de mi diccionario y acompañado de un presupuesto que me pone a sudar.
No estoy diciendo que para hablar de educación solo debamos escuchar a “los expertos”. Sin embargo, sí creo que hay voces que, por su conocimiento y experiencia, pueden ayudarnos a entender mejor algunas cosas. Y en este caso no hablo necesariamente de pedagogos y mucho menos de funcionarios: hablo de la gente que desde diferentes funciones atiende día a día la tarea educativa que la sociedad le ha encomendado a las escuelas. Esas voces no constituyen un conjunto que canta una sola melodía y a una sola voz, por supuesto; se acercan más un coro polifónico y atonal, potencialmente capaz de producir algo poderoso.
Entiendo que al ser la educación un tema de interés general, cualquiera puede expresar su pensar y sentir sobre hechos como el que se desató hace unos días. Pero, ¿no sería razonable escucharnos y dialogar haciendo un esfuerzo por entender? En este tema como en cualquier otro, creo que la palabra tiene un poder mucho mayor que el de desahogar ―o peor aún, imponer― nuestras ideas: tiene el poder de compartir para comprender mejor a través del diálogo con los demás. Por eso el ejercicio de desahogarnos en redes digitales es tan peligroso: pocas veces va movido por un genuino interés de aportar lo que decimos desde la humildad que distingue a la duda y al interés de comprender mejor.
Los daños a los que me refería al inicio de este texto tienen que ver con heridas previas, como son las mirada injusta que tienen muchos actores sociales sobre el magisterio, las tensiones que se viven con cada vez más dificultades entre docentes y familias en la vida cotidiana de la escuela y la fragilidad del pacto social que sostenía antaño la labor de la escuela.
Sin soslayar la dimensión pedagógica de lo que hoy discuten las autoridades, la forma precipitada en que la SEP hizo el anuncio de su iniciativa y la manera en que diversas autoridades han abordado el tema, muestran un profundo desprecio no solo por la tarea educativa, sino por algo que, al menos en principio, atañe a la mayoría de la gente: el valor de la anticipación y del trabajo bien hecho, la relevancia del cuidado de las personas y las formas en las decisiones que tomamos. Se entiende que en circunstancias de emergencia, como las que vivimos hace seis años, algunas medidas no puedan esperar y deban imponerse por razones graves. Pero, ¿es este el caso?
Al actuar como lo ha hecho, la autoridad educativa ha exprimido un agrio limón sobre heridas que llevan mucho tiempo abierta en nuestro país, introduciendo presión innecesaria a la relación entre los equipos directivos, los docentes y las familias. Porque en todas estas personas hay dudas, temores y preocupaciones legítimas, además no siempre coincidentes. Y aunque mucha gente desahogue su ansiedad en las redes digitales, lleva sus interrogantes a la escuela en espera de respuestas inmediatas cuando no existen elementos para poder dar explicaciones suficientes.
No sé si la reacción de rechazo generalizado que percibo en los medios informativos y redes digitales sea real o si es producto de mis sesgos ―mentales y algorítmicos―. Lo que sí sé es que se acentúa el daño en la construcción de confianza entre escuelas y familias, entre autoridades y docentes; este proceso se ve lastimado tanto pensando en quienes rechazan la idea como en quienes la respaldan. Lo absurdo, lo irracional del asunto, es que semejante fractura sea provocada por quienes tendrían el deber de fortalecer el pacto social que sostiene a las comunidades escolares, revalorizando la labor docente y el papel de la escuela.
He leído y escuchado con tristeza muchas expresiones que descalifican la defensa del trabajo planificado, no sé si por ignorancia, por desdén o solo por jugar. Hay quienes se burlan e ironizan diciendo que ante el desastre educativo poco se pierde con unos días o semanas. No sé a qué se dedican profesionalmente las personas que minimizan lo que ha anunciado la SEP; por tanto, me cuesta pensar en qué ejemplos podrían ayudarles a comprender la complejidad y peligros de un cambio abrupto y forzado en las reglas que rigen tu trabajo.
Circulan también, por supuesto, los comentarios que reproducen reclamos infundados y clichés sobre los periodos de descanso del profesorado o sobre su falta de compromiso con la educación. Lugares comunes que no son nuevos pero que en momentos como el que ahora vivimos se aceleran y crecen cual bola de nieve en una pronunciada pendiente.
Al mismo tiempo he visto con mucha tristeza que se alimentan reacciones descalificando la labor de las escuelas de sostenimiento privado, un grupo inmensamente diverso que abarca proyectos de muy diversas dimensiones y perfiles, que juega un papel importante en el sistema educativo nacional. No me interesa rescatar aquí el tipo de comentarios que he leído, en muchos de los cuales encuentro altas dosis de sarcasmo y desprecio; me importa que notemos como una decisión de la autoridad educativa alimenta también esa otra fractura que existe en nuestro sistema y que a nadie beneficia.
Entiendo que ninguna de las heridas que he mencionado nacen de una cuestión tan absurda como un ajuste en el calendario escolar. Las recupero un poco como parte de ese ejercicio de liberación personal que refería al inicio, pero también para invitarnos a pensar en la fragilidad del sistema en el que nos movemos y de alguna manera llamarnos a trabajar desde otro lugar estas fracturas. Quizás el eje común que atraviesa mis preocupaciones está en confirmar que el tejido social se nos ha ido diluyendo severamente con el paso de los años y que muchas las formas de interacción en las que sostenemos nuestros intercambios de información ―como son las redes y los medios de mensajería digitales― siguen alimentando la distancia, la ruptura y la fragmentación.
El pacto social que en otros tiempos daba sentido a la escuela es tremendamente vulnerable; posiblemente queda de él solamente un simulacro. La esperanza siempre me ha dicho que ese pacto podría reconstruirse desde las escuelas. Los hechos cotidianos parecen querer convencerme de que no hay reconstrucción posible. Me aferro entonces a una idea que escuché hace unos meses y que vengo pensando desde entonces: abrir grietas que ayuden a que algún día caiga esta locura.

