Dialogar con imágenes

No sé si la gente más joven todavía escuche (o diga) en alguna ocasión aquello de “una imagen dice más que mil palabras”. A muchas personas esa idea se nos quedó grabada en algún momento y andamos por la vida asumiendo que es cierta. Nos la compramos no solo por escucharla en repetidas ocasiones, sino también porque muy probablemente experimentamos más de una vez alguna especie de revelación y comprendimos algo a partir de una imagen. 

A mí la frase me parece peligrosa. Muchas veces una imagen nos puede ayudar a comprender algo con más rapidez, es cierto. Pero la profundidad de esa comprensión creo que está estrechamente ligada con las palabras. O al menos con algo más complejo que lo que la imagen muestra per se. Algo que está en otras capas: en el entorno, en la manera en que nos relacionamos con la imagen, en la historia que nos conecta con ella, en los diálogos que establecemos con ella y a partir de ella. Y ahí, seguramente, entran en juego más de mil palabras, incluso algunas que posiblemente somos incapaces de nombrar.

Rodeados de imágenes como vivimos, me cuestiono constantemente sobre la forma en que interactuamos con ellas y sobre la manera en que esa interacción nos configura e incide en nuestra forma de relacionarnos con las demás personas. Hace muchos años que me persiguen estas preguntas. Y hace unos cuantos que intento entenderlo mejor porque intuyo que en la comprensión de esto nos jugamos más de lo que parece.

Escribo estas líneas a solo unas horas de presentar públicamente un libro en donde exploro algunas de estas ideas. Una obra que nace de mi investigación doctoral y cuyas páginas no fueron concebidas pensando en que podrían llegar a más manos que las de mi directora de tesis y mis lectores sinodales. ¡Un objeto que a partir de hoy podría terminar en la casa de cualquiera! La oportunidad de convertir aquellas exploraciones académicas en un libro llegó de forma un tanto inesperada y todavía hoy me cuesta creer que eso que escribí sea digno de ocupar espacio en la estantería de una sala, estudio o biblioteca. Reconozco, sin embargo, que esa misma posibilidad me llena de ilusión. 

Todavía no he podido tocar un ejemplar. La foto que me envió anoche el editor para mostrarme los primeros ejemplares no me dice más de mil palabras pero sí me ha erizado la piel. Entiendo que quizás es eso lo que intentamos expresar con esa frase: que lo que sentimos no siempre puede traducirse en palabras. Sin embargo, eso no niega la existencia de una gramática y una forma de comunicar propia de las imágenes. El libro que hoy presentaremos no pretende explicar las reglas o estructuras de una gramática semejante. Busca, en todo caso, animarnos a tomar conciencia del papel que estas imágenes juegan en nuestras vidas; aspira a animarnos a dialogar con ellas y a partir de ellas.

Faltan solo unas horas para conversar sobre esto con quienes tengan oportunidad de acompañarme esta tarde en la Feria Nacional del Libro de León. Quizás una vez dado ese paso tendremos nuevas oportunidades de seguir explorando estas ideas.

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